BM. Volumen 7, No. 82, Octubre 2015

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Sección I – Editorial
Rafael Muci-Mendoza 2015-7-82-I-94
Elogio de la muerte…Los signos clínicos de muerte, y uno adicional… no descrito
La muerte, decía Jorge Luis Borges, es una vida vivida. La vida es una muerte que viene. A diferencia de mi padre, comerciante libanés a quien no le gustaban los motes, sobrenombres o apodos y ni siquiera nos permitía llamarnos ̈vale ̈ entre nosotros expresión tan frecuente en aquellos tiempos, porque decía que cada uno de nosotros tenía su nombre. Por el contrario mi madre gozaba poniéndolos y nadie se salvaba de sus pícaras invenciones, un resabio de las inmensas llanuras guariqueñas dejadas atrás en el ardientoso polvo del camino, pero siempre en el presente de sus días donde todo tenía un apodo, un alias o un remoquete. Los nueve hijos Muci Mendoza, podíamos artificialmente ser divididos en 3 estancos: Los mayores en el superior, dueños y señores de nuestras existencias: Gileni (†, 2014) –la consentida de mi papá, vivía su vida, no se metía con los pequeños-, Rosa –dominante y perfeccionista, a veces acuseta, pero siempre muy amorosa, velando por todos y cada uno de los constituyentes del rebaño- y José –el primogénito, cerebro puro-, a quien le asistía el derecho de regañarnos y de ser el caso, aún de castigarnos, de levantarnos la mano o proceder en consecuencia-. Ese grupo no tenía mote alguno (mi padre a veces nombraba Yussef a José, su traducción al árabe). La anciana de los anteojos percudidos…o el valor de la empatía.

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