BM. Volumen 8, No. 94, Octubre 2016

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Sección I – Editorial
Rafael Muci-Mendoza0

Elogio de la incomprensión
La mano muerta de Manolita y sus ignaros maestros…

La enfermedad, cuando aguda y devastadora, cae sobre el cuerpo inadvertido como el ave de rapiña sobre el desproveíd ocorderito; es el agorero relámpago en un cielo azul, a la vez asombroso y desconcertante; es la saña del sorpresivo malandro que despoja lo material y con ello se lleva hasta la vida misma…
Su presencia, sobrecogedora, transforma en ruina inmediata lo que hacía minutos era todo salud y felicidad; aún más chocante cuando recae en un niño o en un adolescente, todo vida, todo esperanzas; apenas maculado por el pecado original. Cuando tal cosa ocurre a edad tan tierna, surgen interrogantes insalvables ante los cómos y los porqués. El creyente achacará el desastre a la ira divina por el pecado de los padres. Jesús, enfrentado al ciego de nacimiento, responde a sus discípulos, ̈Ni éste pecó, ni sus padres: más para que las obras de Dios se manifiesten en él ̈. No pudiendo comprender ni tolerar el dolor del niño enfermo, cobardemente me alejé de la pediatría, por eso, ¡cuánto admiro a los pediatras!, en especial a aquellos de corazón grande que han ofrendado sus vidas a la atención de los chiquitines de los estratos sociales más depauperados, hoy día necesitados de que sus médicos no huyan ni pierdan la fe…

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