CV. ¿Se acabó la Pandemia? ¿Qué viene ahora? ¿Y nuestras generaciones futuras?

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Alicia Ponte-Sucre. Publicado por: Mirador Salud

Contribución para el Portal del Dr. Leopoldo Briceño Irragorri, Individuo de Número, Sillón VIII

Cuando leemos en los libros de historia el devenir de la pandemia de influenza (virus H1N1) de 1918, que mató al menos a 50 millones de personas en todo el mundo, encontramos que las reseñas mencionan que terminó en el verano de 1919 cuando una tercera ola de contagio fue finalmente controlada.

Pero, si escudriñamos, especialmente las cifras, nos encontramos con que el virus siguió matando. Por ejemplo, una variante surgida en 1920 fue lo suficientemente letal como para haber contado como una cuarta ola. En algunas ciudades de Estados Unidos de América las muertes superaron incluso a las ocurridas durante la segunda ola, responsable de la mayoría de las muertes por la pandemia en ese país. Esto ocurrió a pesar de que la población estadounidense había desarrollado inmunidad natural contra el virus de la influenza después de dos años de infecciones y después de que disminuyó la letalidad viral en la tercera ola.

Casi todas las ciudades de Estados Unidos impusieron restricciones durante la segunda ola de la pandemia, que alcanzó su punto máximo en el otoño de 1918. Ese invierno, algunas ciudades volvieron a imponer controles cuando golpeó una tercera ola, aunque menos letal. Pero prácticamente ninguna ciudad respondió en 1920.

La población y los funcionarios públicos estaban cansados de la influenza; aunque las noticias sobre el virus seguían siendo complejas, a nadie parecía ya importarle. En general, incluyendo a los historiadores, ocurrió una ignorancia “activa” de esta cuarta ola. El mundo avanzó a decretar el fin de la pandemia antes de que el virus finalmente mutara a uno que produjera la influenza estacional ordinaria en 1921.

En este momento, un siglo después, el mundo está sometido a una tensión similar. Las muertes confirmadas por Covid-19 a nivel mundial a comienzos de 2022 superan los 5,5 millones, y el exceso de muertes nos habla de la posibilidad de unos 18 millones de fallecidos como cifra real. La variante omicron altamente transmisible (B.1.1.529) ha estado saturando los hospitales y comprometiendo la capacidad de los trabajadores de la salud para brindar atención de calidad a todos los pacientes. El agotamiento mental y físico del personal de salud son realidades que se suman a esta compleja situación y han pasado a constituir contextos cotidianos en este momento de la pandemia.

Al igual que en 1920, muchos gobiernos, así como el público en general, están comenzando a aceptar las altas tasas de infección como algo normal. El mensaje subliminal, que el mundo necesita aprender a vivir con una determinada enfermedad y aceptar el alto número de muertes resultante, es demasiado familiar en el campo de las enfermedades transmisibles, y también en las no transmisibles.

Aunado a esto, y de nuevo con gran similitud al escenario de 1920, esta realidad está sucediendo en el contexto de conflictos sociales, gubernamentales y de guerra, sumado a la crisis climática, la pobreza y preocupaciones globales que incluyen inequidades con respecto a muchos temas, por ejemplo, educación y acceso a la tecnología tal y como acontece en nuestra herida Venezuela.

El estrés y la impotencia son sentimientos comunes a nivel de la población; muchas noticias desalentadoras dominan los titulares de los portales informativos. Pero como ciudadanos del mundo, estamos llamados a renovar nuestras esperanzas e identificar logros en positivo que nos permitan seguir trabajando por un mundo mejor.

De hecho, nuestro mundo es como un carrusel sin control, desorientado o incluso inhóspito. Sin embargo, la historia demuestra, una y otra vez, cómo los humanos surgen de las adversidades extremas con mayores fortalezas. Y de nuevo, si retornamos a la pandemia de 1918, podemos enumerar acciones que surgieron de ese periodo tan complejo y que permitieron a nuestra aldea global seguir adelante con entusiasmo, innovación y por encima de todo, con la certeza de la búsqueda de un mejor mundo para todos.

“Esta pandemia [la de 1918] es considerada una de las más devastadoras de la humanidad, ya que en solo un año mató entre 20 y 40 millones de personas. ​A pesar del desastre natural y la guerra, las consecuencias positivas condujeron a cambios sociales importantes que abrieron nuevas oportunidades para las mujeres, y en el proceso transformaron irreversiblemente la vida en los Estados Unidos. Las mujeres desempeñaron un papel nuevo e indispensable en la fuerza de trabajo. La pandemia ayudó a elevarlas en la sociedad estadounidense social y financieramente, proporcionándoles más libertad, independencia y vocería en la arena política”, nos dice Félix Tapia.

Por ello, al día de hoy, debemos atrevernos a crecer por encima del dosel de incertidumbre en el que vivimos [en 2022] e inspirarnos en un horizonte en positivo, pero trabajando por él para transformar la incertidumbre en esperanza, en acciones, en realidades. Sin subestimar la importancia de la resiliencia.

La pandemia de 1918 fue catastrófica; sin embargo, la historia parece haber olvidado un poco sus horrores. Con Covid-19 parece poco probable que eso suceda pronto. La razón primordial es que las condiciones de salubridad han cambiado radicalmente y de hecho en 1918 la gente moría de enfermedades infecciosas todo el tiempo, la muerte por neumonías era una experiencia “cercana y familiar”. Esto cambió radicalmente con los avances del siglo XX. Los efectos causados por la Covid-19 son mucho más profundos y permanentes en el devenir de la sociedad. Esta pandemia ha cambiado la vida de todos durante un largo tiempo, algo que va a ser difícil de olvidar y superar.

Nuestra realidad nos indica, por ejemplo, que:

Es cierto que la Covid-19 ha sido, y sigue siendo, una calamidad para niños y jóvenes, tanto, que ha sido calificada por UNICEF como “la mayor amenaza para los niños en nuestros 75 años de historia”. Podemos enumerar ejemplos que constatan esta situación, lamentablemente muchos de ellos presentes en nuestra querida Venezuela:

El déficit educativo y de habilidades cognitivas producido por el cierre generalizado de escuelas y universidades o las desigualdades cada vez mayores de niños y adolescentes desfavorecidos que se quedan atrás debido a que el aprendizaje digital funciona principalmente para aquellos con entornos de apoyo, acceso a Internet y maestros capaces de enseñar en línea de manera efectiva.

En el caso de los adolescentes, el escaso contacto interpersonal en momentos en que las relaciones persona-persona son esenciales para el desarrollo de la resiliencia, los roles sociales y las identidades, es un hecho que podría acarrear consecuencias a largo plazo. Las interrupciones en la educación, el desarrollo, e incluso, en independencia financiera -en algunos casos- podrían marcar el bienestar mental a largo plazo de estos adolescentes-adultos jóvenes. El alcance real de esta situación será evidente en años próximos.

Por otra parte, la situación nutricional generalizada, pero especialmente de niños y adolescentes es motivo de gran preocupación. El hambre, la inseguridad alimentaria y la pobreza han aumentado estrepitosamente durante la pandemia. El cierre de escuelas también significa en muchos casos que no hay acceso a las comidas escolares, única fuente de alimentos nutritivos al día para algunos niños. Aunado a esto ocurre una explotación exacerbada de publicidad de alimentos ultra-procesados ​​y bebidas azucaradas soslayando la importancia de una buena nutrición para la salud y el bienestar de los adolescentes.

Adicionalmente, los formuladores de políticas públicas a nivel local e internacional han fracasado ruidosamente en la protección de los niños y adolescentes durante la pandemia de Covid-19. Un solo ejemplo nos lo ilustra, la vacunación de los niños es lenta en el mejor de los casos, con mensajes confusos y desconcertantes contradicciones en las recomendaciones.

Sumemos a esta descripción y ya a nivel de población general, cómo el número de personas que necesitan asistencia humanitaria y protección se predice que aumentará a 274 millones en 2022, comparado con los 235 millones en 2021. Estos números de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) tiene un significado dramático: 1 de cada 29 personas en el mundo necesitará ayuda en 2022 cuando en 2020 los números se ubicaban en 1 de cada 33 y 1 de cada 45 en 2019. Estas constituían las cifras más altas en décadas, ha francamente empeorado. La ONU y organizaciones asociadas tienen como objetivo ayudar a 183 millones de las personas más necesitadas en 63 países, lo que requerirá US $ 41 mil millones. En 2021, la ONU recibió solo $17,2 mil millones, a pesar de su pedido de $37,7 mil millones.

Según la agencia de ayuda global, el Comité Internacional de Rescate (IRC, https://www.rescue.org/), ha habido una falla sistemática global por parte de los estados para proteger a sus ciudadanos y defender el derecho internacional. De hecho, si refrendamos sus palabras llegamos a la siguiente conclusión: “Necesitamos cambios significativos en el sistema humanitario”, tal y como menciona David Miliband, presidente del IRC, en un informe publicado el 15 de diciembre de 2021. Y prosigue: “Presentamos argumentos que fundamentan que se necesita: (a) reasignación, mejor gasto y más integración de los fondos, (b) más atención a la mala conducta de los actores del conflicto que usan el hambre como arma de guerra y el sufrimiento civil como herramienta de control”.

No podemos olvidar además que acorde con los objetivos de desarrollo sostenible es imperativo «No dejar atrás la salud de nadie: invertir en sistemas de salud para todos”. Antes de la pandemia de Covid-19, lograr este objetivo era una prioridad principal en la salud mundial, sustentado en el Objetivo de Desarrollo Sostenible 3: garantizar la salud y el bienestar para todos. Pero a medida que los países se enfocaban en la pandemia, la comunidad mundial de la salud perdió el empuje de seguir trabajando por este objetivo.

Finalmente, ha surgido una lógica brutal que ha dividido al mundo entre los que tienen y los que no tienen vacunas, que ahora se repite a medida que ingresan al mercado medicamentos contra la Covid-19 como el antiviral oral Paxlovid (nirmatrelvir–ritonavir) de Pfizer o el Molnupiravir de Merck. La realidad es que ha habido un apartheid de vacunas y ahora estamos preparados para ver enormes desigualdades en el acceso al tratamiento. A pesar de los esfuerzos y las negociaciones que se han adelantado con relación a donación de medicamentos y fabricación de genéricos, por ejemplo, aun no podemos cantar victoria en cómo realmente se afrontará esta inmensa inequidad y cómo se solventará. De hecho, tanto en vacunas como en medicamentos con las iniciativas COVAX (Fondo de Acceso Global para Vacunas Covid-19) y ACT-A (El Acelerador del acceso a las herramientas contra la COVID-19), a pesar de los esfuerzos realizados, las trabas de negociación y la escasez de recursos parecen entorpecer de forma flagrante el proceso de distribución de vacunas y medicamentos.

Incluso, recientemente Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS), comentó: “la pandemia es una crisis de solidaridad… Covid-19 ha expuesto y exacerbado las debilidades fundamentales en la arquitectura de salud global para la preparación y respuesta ante una pandemia: gobernanza compleja y fragmentada; financiamiento inadecuado; y sistemas y herramientas insuficientes”.  Y el Panel Independiente para la Preparación y Respuesta ante Pandemias describió los esfuerzos para poner fin a la pandemia como lentos, desiguales y fragmentados. Lamentablemente, el panel no mencionó nada sobre la necesidad de sistemas de salud resilientes. Esta omisión es una oportunidad perdida para volver a priorizar la cobertura universal de salud como una base crucial de la preparación para una pandemia, especialmente si la pandemia se reconoce como una sindemia.

Sin embargo, esta situación de pandemia puede transformarse en una oportunidad crucial para que todos los líderes mundiales entiendan que es el momento de convertir esta crisis derivada de la pandemia de la Covid-19 en un catalizador para ejercer compasión, solidaridad y estrategias de políticas públicas acordes con el mandato de no dejar a tras la salud de nadie; es una inmensa oportunidad que no debemos desaprovechar.

Tal y como mencionamos anteriormente:

La historia de la pandemia ha demostrado que la humanidad está lejos de ser indefensa. Las epidemias ya no son fuerzas incontrolables de la naturaleza. El trabajo de los científicos ha demostrado que son un desafío manejable”.

Agrego ahora: esto es un testimonio de cómo, en tan poco tiempo (escasamente dos años) si el sentido de colaboración por objetivos comunes prevalece, la incertidumbre puede traducirse en esperanza, en acciones, en realidades.

Por ejemplo, un hecho extremadamente positivo ha sido cómo la ciencia y la medicina han continuado trabajando en pro de una mejor calidad de vida de las personas durante este tiempo de pandemia, a pesar de los desafíos a los cuales se ha enfrentado. Estos logros de la ciencia y la medicina deben traducirse en fuente de inspiración. De hecho, estos dos años han estado marcados por hazañas increíbles en términos de comprensión, prevención y tratamiento de Covid-19. Los datos a nivel mundial muestran evidencia inequívoca de que las personas que están vacunadas contra la covid-19 tienen un riesgo mucho menor de resultados graves y muerte por Covid-19 que las personas no vacunadas.

Más allá de Covid-19, vale la pena celebrar muchos otros aspectos destacados del año pasado. Esto es solo un ejemplo de cómo de tiempos tan catastróficos, podría surgir un cambio transformador real si ampliamos nuestra óptica, observamos las situaciones como oportunidad y nos enfrentamos a ellas con entusiasmo y resiliencia.

Quiero retomar una frase, que en su momento escribí con respecto a la Covid-19, y con ella arropar múltiples ámbitos en los cuales es fundamental que como población mundial propiciemos y logremos un cambio de actitud en cuanto a cómo afrontar los problemas globales. Una visión distinta e integral es fundamental para propiciar expresiones de justicia a todo nivel en esta nuestra aldea global. Como humanos y como adultos tenemos la responsabilidad de consolidar un mundo apropiado para los niños, 30 % de la población mundial, quienes al crecer ejercerán a su vez esa profesión universal.

Está finalizando el segundo año de la pandemia por Covid-19. A estas alturas se tienen las vacunas y ahora se cuenta con medicamentos para uso oral. Juntos constituyen una gran fortaleza en la lucha para el control de la Covid-19. Ambos hechos logrados en tan poco tiempo confirman, como investigadores y académicos, estamos convencidos de querer enfrentar el reto y traducir la incertidumbre de la pandemia en acción; es decir, crear conocimiento y convencer a economistas, gobiernos y a la sociedad en general de transformar ese conocimiento en herramientas esenciales de prevención, diagnóstico, terapia y control, en este caso contra la Covid-19. De ser exitosos esto redundará en una población global sana y productiva, preparada para afrontar el próximo reto. Les invito a que nos acompañen”.

Abordar las pandemias, que posiblemente seguirán a la que estamos viviendo, necesita de una vasta visión que incluya temas como desarrollo económico, formulación de políticas, cambio climático, pensiones, y muchos más. Es decir, lo que vivimos es un tema muy universal y que abarca el futuro de nuestra aldea global desde múltiples puntos de vista, y al ser global, es necesario comprender que el contexto siempre importa.

La tentación de pasar la página será muy grande cuando termine la pandemia, para así recuperar lo que había sido la vida normal. Esta es probablemente una de las razones del apuro que comentábamos al comienzo de este artículo y que de nuevo nos retrotrae a la pandemia de 1918. Esto es fundamental que ocurra a fin de retomar las riendas de nuestro devenir a nivel mundial

Sin embargo, no debemos dejar de pensar y reflexionar sobre los errores flagrantes cometidos por gobiernos e instituciones sanitarias públicas durante estos dos largos años en los cuales se evidenció una inmensa inercia y resistencia a entender que la evidencia nos llevaba por un camino equivocado Es prudente aprender de la experiencia y los errores cometidos en esta pandemia para no tener el sentimiento de déà vu con respecto a la experiencia anterior de 1918.

Quiero mencionar un solo ejemplo, crucial para el resultado que vemos al cabo de dos años de pandemia: la posición de China de no ser transparente desde el comienzo en relación a lo que estaba ocurriendo con la infección por SARS-CoV-2, en conjunto con la equivocación de los gobiernos occidentales al asumir que enfermedades como el SARS, el Ébola y la Covid-19 eran problemas exclusivos del otro lado del mundo -como Wuhan, o de personas que parecían «raras» o «exóticas». La confluencia de ambos errores, amén de la presunción intrínseca, también de ambos lados, sobre las bondades de los sistemas de atención médica ha resultado catastrófica al cabo de estos dos años; pensemos solamente en el número de muertes que podrían haberse evitado.

La conclusión es que los errores provinieron de muchas partes y han sido innumerables, y algunos hubieran sido fáciles de solventar como fue el hecho de “ignorar” [e incluso desestimar por algunos gobernantes], el uso de las mascarillas como un elemento crucial de prevención durante el desarrollo de la pandemia. La eficacia de las mascarillas no se basa simplemente en factores físicos, el acto de ponerse una es un poderoso impulso psicológico que recuerda a las personas que deben cambiar su comportamiento y señala el compromiso de una persona con proteger a un grupo social, acto que es crucial en una pandemia.

Es un mandato de la historia que todos (ciudadanos, autoridades de la salud pública y dirigentes nacionales) colaboremos en identificar dónde nos equivocamos, sin recurrir a chivos expiatorios, para aprender cómo responder ante futuros brotes, sin ponerse a la defensiva y justificar lo que se hizo o dejó de hacer. Es una obligación trabajar para aumentar la confianza y la cooperación mutua; entender mejor cómo incorporar rápidamente la evidencia científica a las políticas públicas; y comprender las reacciones humanas ante sucesos tan importantes y complejos. Si hacemos eso, salvar vidas y mitigar el sufrimiento en el futuro no podrá compensar las pérdidas y adversidades padecidas en los dos últimos años, pero nos permitirá decir que hicimos lo posible por aprender de ello; un legado positivo para las generaciones que muy pronto estarán a cargo del liderazgo y el devenir de nuestra aldea global.

Por ello, por ejemplo, parece urgente involucrar nuevos actores [jóvenes], que anhelan un mundo diferente, en este proceso que menciono. Que aprendan a “querer aprender», ser escuchados y participar, para comprender la mejor forma de tomar decisiones y desarrollar políticas adecuadas para todos. Es importante prepararlos desde ya, a fin de que se transformen en adultos comprometidos con su futuro. En ese sentido, la iniciativa Children in All Policies 2030 (CAP-2030, https://cap-2030.org/), tiene como objetivo colocar la salud y el bienestar de niños y adolescentes como punto focal del desarrollo sostenible en el marco de la agenda 2020-2030.

Me atrevo a sugerir incluso que en algunos contextos los jóvenes tienen perspectivas que deben escucharse e incluso integrarse a los procesos de toma de decisiones y el discurso internacional sobre temas como la emergencia climática, la salud planetaria, la igualdad de sexo y la injusticia racial. Insisto, es su futuro y es nuestra responsabilidad prepáralos para él.

La Unión Europea así lo ha entendido y ha designado al año 2022 como el Año Europeo de la Juventud (https://www.europapress.es/epsocial/infancia/noticia-2022-designado-ano-europeo-juventud-ue-20211207131403.html), a continuación de los primeros 3 años de la Estrategia de Juventud de la UE 2019-2027 (https://europa.eu/youth/strategy_es). Su lema «involucrar, conectar, empoderar». La campaña inicial tiene como objetivo aumentar la participación de los jóvenes en procesos como el democrático y garantizar que sus voces sean escuchadas. La participación directa en los procesos democráticos puede catapultarse al incluir a los adolescentes como votantes activos, pero también al involucrarlos en procesos educativos como los modelos de las Naciones Unidas (https://www.globalmuners.org/), donde en un teatro de la vida, los jóvenes se transforman en actores comprometidos a comprender retos que de otra forma no estarían al alcance de sus manos.

Estas acciones definitivamente aumentan su interés y compromiso y tienen una influencia positiva indirecta en el compromiso civil, incluso de los padres. Estos procesos además permiten a los jóvenes sumergirse en la vida de los otros y saborear un “pequeño choque cultural”, que los ayuda a adquirir un sentido más objetivo de las fortalezas y defectos de su propia sociedad, observar otras ideas y formas de resolver problemas.

Se necesita empatía para diseñar estrategias efectivas para luchar contra los diferentes retos que debemos asumir como población mundial. Sin embargo, es una verdad como una catedral que la mayoría de los ciudadanos comunes no ven el mundo como lo ven por ejemplo los científicos. La conclusión es que queremos que nuestro discurso llegue sin embates a la mayoría de los habitantes de nuestro mundo, pero, si ignoramos el contexto cultural y ambiental de la vida de las personas, al final el mensaje no llega o se distorsiona, y todos sufrimos. Ese es un aprendizaje crucial que debemos incorporar en nuestra sabiduría, especialmente a raíz de esta pandemia que vivenciamos. Si logramos, por ejemplo, enseñar a nuestros jóvenes a ser comprometidos con todos los pobladores de la tierra, con su futuro y con sus responsabilidades, la consecuencia será un mejor mundo para todos.

Estoy convencida de que niños y jóvenes son nuestro mejor activo para un futuro mejor. Es nuestra responsabilidad trabajar por su devenir y es nuestra obligación como adultos escucharlos y prepáralos para, en el momento que corresponda, dejar [nosotros] de lado las estructuras de poder establecidas y hacer espacio para [sus] nuevas ideas y [forma de] liderazgo. Siento que este momento de pandemia y [pronto] mundo post-covid nos ofrece una oportunidad de oro para trabajar en ese sentido.

El mantra de la pandemia hasta ahora, nadie está a salvo hasta que todos estén a salvo, está fundamentado en un argumento de seguridad sanitaria mundial: es necesario vacunar a las personas a nivel mundial para evitar que el virus se propague y mute. La clave del éxito, combinar las ciencias de la computación, la medicina, la economía y las finanzas con las ciencias sociales y armonizar una visión de gusano (desde abajo) y de pájaro (desde arriba), para escuchar el ruido en nuestras vidas, así como su silencio. Sólo así podemos pasar la página en la certeza de poder reconstruir mejor nuestro presente y nuestro futuro y entregar el testigo a nuestras generaciones sucesoras, en un mejor mundo en el cual vivir.

Agradecimiento: a Marianella Herrera y Rodolfo Izaguirre por la lectura crítica de este artículo y sus muy acertados comentarios. Fotografía: Tomada de BuscandoRespuestas

Sobre la autora:

Alicia Ponte-Sucre es profesora titular e investigadora, coordinadora del Laboratorio de Fisiología Molecular de la Cátedra de Fisiología del Instituto de Medicina Experimental (IME), perteneciente a la Escuela de Medicina Luis Razetti de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela (UCV), e investigadora visitante en la Universidad de Würzburg, Alemania (en alemán, Julius-MaximiliansUniversität Würzburg). Es Miembro Correspondiente de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales (ACFIMAN).  Ex-presidenta y ex-coordinadora del Consejo Consultivo de la Asociación Cultural Humboldt. Miembro fundador y vicepresidenta de la Junta Directiva de la Fundación Universitaria Fundadiagnóstica y está incluida en: The World Who´s Who of Women, 1996, 1999; International Directory of Distinguished Leadership, 1997; Woman of the Year 1997, 2000, 2008; Outstanding People of the 20th Century, 1998; International Who’s Who of Professional and Business Women, 2001, 2003; Top 100 Educators, 2008, Who’s Who in Science and Engineering, 2011.

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